AUTOBIOGRAFÍA

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Quito, Pichincha, Ecuador
Asesor Comunicación Política. Comunicador Social y periodista. Consultor independiente en Relaciones Públicas, Marketing y Comunicación Política. Analista y asesor político en entidades gubernamentales. Docente e investigador universitario. Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador. Máster en Ciencia Política por FLACSO Ecuador. Doctor (c) Universidad de Salamanca, área de Ciencia Política y de la Administración. Líneas de investigación: Política y medios de comunicación. Análisis de redes sociales, comunicación política, Políticas Públicas de Comunicación. Cultura política. Identidades y discurso.

14 enero 2014

El Ecuador de ahora, una base histórica política

Desde el retorno a la democracia, en 1979, el Ecuador adoptó un sistema de gobierno presidencial y una estructura estatal unitaria. Pese a vivir el período de democracia ininterrumpido más largo de su historia, los ecuatorianos han sido testigos de una serie de hechos políticos y sociales que han marcado el desarrollo de su democracia durante los últimos treinta años, cuando se dio el cierre del ciclo de dictaduras militares de la década de los 70.
“En 1976, las élites políticas ecuatorianas estaban convencidas de que las respuestas a los males del país y el éxito de la transición democrática estaba en los partidos: había que diseñar e implementar un sistema de partidos[1] fuerte con organizaciones nacionales y modernas como requisito para el funcionamiento de la democracia” (Alcántara y Freindenberg, 2003: 235).
Durante la década de los 70 ya se trabajaba en un plan de reestructura del Estado, el gobierno de régimen militar (1972-1979) y su principal Consejo de Gobierno diseñaba un Plan de Reestructuración Jurídica del Estado, una herramienta que permitiría generar mecanismos adecuados durante el proceso de transición desde el sistema autoritario al democrático.
En 1976 se conformaron las Comisiones Jurídicas, como parte fundamental del Plan de Reestructuración y contemplaba los siguientes pasos: “a) el mantenimiento de un clima de concordia nacional y un diálogo político con los partidos y organizaciones de diverso tipo; b) renovación de las cédulas de ciudadanía y confección de padrones electorales; c) formación de tres comisiones jurídicas encargadas de reformar la Constitución de 1945 y elaborar una Ley de Partidos y Elecciones y una propuesta de nueva Constitución; y, d) formación de un Tribunal Supremo Electoral que organice un referéndum” (Sánchez, 2008: 28).
Dentro del “Plan de Reestructuración”, se incluían algunos puntos referentes al diseño institucional que debía regir desde el retorno a la democracia y que definirían el papel de los partidos políticos desde 1979, ya que se los consideraba como elementos centrales en el ordenamiento político con el retorno al régimen constitucional.
 “No se pensaba en cualquier tipo de partido sino que desde la misma ley se les exigía una serie de requisitos para darles el membrete de estructuras organizadas, ideológicas, fuertes y estables” (Alcántara y Freindenberg, 2003).
El objetivo de este diseño institucional se enmarcaba en reducir la presencia de líderes populistas y también a las maquinarias electorales que habían predominado hasta esa fecha; se buscaba conciliar a la política nacional a una etapa de trasformación a un régimen democrático, partidos políticos que satisfagan las demandas y aspiraciones de la sociedad. Lo que se buscaba era crear una nueva institucionalidad centrada en los partidos como modo para garantizar una democracia estable, se convertirían en el eslabón legítimo entre la sociedad y la política (Freidenberg y Alcántara, 2001: 22).
La Ley de Partidos Políticos y la Ley de Elecciones fueron cuestionadas porque fueron diseñadas por una Comisión y su puesta en marcha fue por un Decreto Supremo de la dictadura militar. Sin embargo, se destacaban en estos documentos: la representación de minorías, el sistema de divisores y residuos para la asignación de cargos, la creación del Tribunal Supremo Electoral, como ente organizador y a la vez regulador de los procesos electorales; además, para el cumplimiento de las elecciones se solicitó la elaboración de un padrón por el Registro Civil, lo cual garantizaba la obligatoriedad del voto.
Sin lugar a dudas, “la evolución de las reglas electorales y el sistema electoral da cuenta de los cambios permanentes en los que los políticos ecuatorianos han tenido que diseñar sus estrategias electorales, legislativas y organizativas. No ha habido un solo conjunto de reglas sino que éstas han variado en el tiempo de múltiples maneras” (Alcántara y Freindenberg, 2003: 240).
Desde el retorno de la democracia, el Ecuador cuenta con un sistema de partidos fragmentado, lo cual no permitía lograr una mayoría dentro del poder Legislativo y a su vez generaba esa necesidad de establecer alianzas para tener un Ejecutivo con un gobierno sólido.
Estas alianzas se convertían en el paso obligado de maniqueísmos entre los partidos tradicionales, quienes a cambio del respaldo de otras bancadas entregaban cargos públicos y hasta recursos económicos, lo cual se convirtió en un vicio recurrente durante muchos años dentro del Congreso Nacional, poco visible, pero altamente cuestionado.
Andrés Mejía (2004) ha mostrado el reverso del conflicto, esto es alrededor de las alianzas, demuestra que existe una práctica constante de negociaciones y acuerdos entre partidos, desde una lógica que llama muy acertadamente “coaliciones fantasmas” (Burbano, 2005).
Pero un segundo intento para eliminar ese monopolio se llevo a cabo en la Consulta Popular de 1994, allí se consagró la posibilidad de que cualquier ciudadano independiente pueda acceder a la competencia electoral, ya sea, auspiciado por un partido político, como por un determinado número de ciudadanos de una determinada circunscripción.
El hecho de transformar las reglas de juego en la política ecuatoriana dio paso al momento de crisis de los partidos políticos, sobre todo después de eliminar ese monopolio del que gozaban, lo que permitió el aparecimiento de movimientos ciudadanos, sociales e indígenas producto de la apertura y desbloqueo del sistema electoral y de partidos. La presencia de nuevos actores políticos con mayor y gran incidencia en el desenvolvimiento político (Aguinaga, 2005) fue importante para el reconocimiento y la inclusión de demandas ciudadanas a gran escala.
Los partidos políticos, a pesar que continuaban controlando el voto popular, resultan ser incapaces de representar y canalizar institucionalmente las aspiraciones ciudadanas (Hernández, 2002). Esto resulta un terreno propicio para que otros movimientos ciudadanos, organizaciones políticas y no políticas aparezcan en la arena política y contrarresten la crisis de representación que atravesaba el país a finales de la década de los 90.
A partir de ese momento, aparece el Movimiento Unidad Plurinacional Pachakutik-Nuevo País, que es parte de la competencia política. La participación de los indígenas es más fuerte, porque no solo lo hacen a través de sus organizaciones clasistas, sino también por intermedio de su partido político, por el que lograron electoralmente el control de una serie de gobiernos seccionales que se constituyeron en ejemplo de administración local. También varios dirigentes alcanzaron la diputación (Paz y Miño, 2006: 96).
Los resultados electorales no favorecen a los partidos tradicionales a partir de la caída de Mahuad. La presencia de los militares insurgentes que provocaron su caída, dota a los movimientos independientes de un protagonismo excepcional, todo aquel actor que se ubique en una situación de contradicción a la política tradicional con un corte antipolítico y reivindicativo de las demandas ciudadanas puede tener éxito en la competencia política. La participación de Lucio Gutiérrez con su Partido Sociedad Patriótica (PSP) y a la par el aparecimiento de Álvaro Noboa, con su Partido de Renovación Institucional y Acción Nacional (PRIAN) es un ejemplo del aquello; a pesar que al interior de sus estructuras es normal el reciclaje político; es decir, la adhesión de políticos que pertenecían a los partidos tradicionales.   
Esta realidad revela la crisis de hegemonía, debido a la escasa y hasta ausente política de generación de proyectos nacionales, que se complementa con la carencia de partidos políticos que sean capaces de construir “intereses generales” (Hernández, 2002), que escapen a la voluntad de ciertos sectores de poder.
No cabe duda que el debilitamiento de los partidos y la crisis a la que se ven sometidos incluso la institucionalidad política, dieron paso a la creación de políticos denominados como “outsiders” o a nuevas organizaciones políticas que, en el escenario político tradicional no tenían cabida alguna.
El surgimiento de un “outsider” -esto es, actores neopopulistas y antipolíticos- ha sido el resultado dramático de la crisis de representación democrática y particularmente el derrumbe de los partidos; la crisis del sistema de partidos fue una derivación de del fracaso de los partidos predominantes en su papel de gobernantes; es decir, la creciente incapacidad de los partidos para reflejar y explicitar preferencias electorales, que se hizo evidente en la profunda desconfianza de los ciudadanos y la marcada caída del apoyo electoral (Mayorga, 2008: 210).   
La interpelación a la élite política tradicional que hace el outsider y esa auto-representación como parte de la gente y fuera de los partidos políticos es la que genera desconfianza por parte de la ciudadanía hacía los partidos políticos y a las instituciones; prima por sobre todo la demanda de políticas horizontales basadas en nuevos actores sociales (Panizza, 2008: 80).
El discurso neopopulista es fundamentalmente antipolítico por el hecho de cuestionar a los partidos políticos establecidos como instituciones corruptas y culpar a la clase política y la elites económicas de los problemas padecidos por el país, así, el discurso de los outsiders expresa esencialmente no sólo un rechazo radical de los sistemas de partidos existentes como tales, sino también la idea de que esos partidos son organizaciones inútiles y perniciosas. (Mayorga, 2008: 214). 
El colapso del sistema de partidos en el Ecuador se da con la presencia de Rafael Correa en el poder, específicamente cuando es parte de la destitución de 57 legisladores que se oponían a la realización de una Consulta Popular que de paso a una Asamblea Nacional Constituyente de plenos poderes, cuya facultad era elaborar una nueva Constitución y que reemplace a la 1998[2].
Esta decisión desquebraja por completo las estructuras políticas tradicionales porque aquellos actores que están en contra de los líderes improvisados son dueños de un discurso de desconfianza. Su credibilidad es nula frente a la presencia de un outsider que representa un proceso de ruptura con el orden político.
En esa misma línea de confrontación a los partidos políticos, Correa resulta ser el mayor crítico a la partidocracia; de hecho, su triunfo se explica en gran medida por su discurso radical en contra del viejo orden político; el uso del término partidocracia está directamente relacionado al enfrentamiento frontal con las elites políticas y a la propuesta de eliminación del orden político vigente desde el retorno a la democracia (Pachano, 2008).



[1] Entiendo por sistema de partidos a “la composición estructural de la totalidad de los partidos políticos de un Estado; entre sus componentes están: a) el número de partidos; b) su tamaño; c) la distancia ideológica entre ellos; d) sus pautas de interacción; e) su relación con la sociedad o con grupos sociales; y, f) su actitud frente al sistema político” (Pease, 1999: 29). Además Lislie Lipson afirmo que en un Estado democrático (ellos constituyen) el punto de intersección donde convergen todas las fuerzas políticas; todo lo que es de importancia política encuentra su lugar dentro de los partidos políticos y en las relaciones entre ellos (Pease, 1999).
[2] Con cuatro votos a favor, el pleno del Tribunal Supremo Electoral (TSE) resolvió destituir a 57 diputados del Congreso Nacional, por haber tramitado un juicio político en su contra, ante la polémica por la convocatoria a Consulta Popular. Se dio la orden para no permitir el ingreso de los congresistas al ex edificio del Banco Central, donde funciona el Parlamento. La resolución del pleno de TSE determina además que los diputados fueran sancionados con la pérdida de sus derechos políticos por el periodo de un año y que sus suplentes deben asumir inmediatamente los cargos. 

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